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Considerado el ciclista francés más exitoso de todos los tiempos, Bernard Hinault fue el dominador absoluto de las pruebas internacionales a principios de los ‘80.
Fue catalogado como el sucesor natural de otro gigante: el Ogro Eddy Merckx, y sus mayores victorias las concretó en el Tour de Francia, donde participó en ocho ocasiones, de las cuales no se subió al podio únicamente en 1980, cuando una tendinitis lo obligó a abandonar la competencia...
En 1978, 79, 81, 82 y 85 se quedó con el maillot amarillo en los Campos Elíseos de París. Las otras grandes tampoco le fueron esquivas: en 1978 y 1983 ganó la Vuelta a España, mientras que en 1980, 82 y 85, fue el número uno del Giro de Italia. Hinault –apodado en un principio blaireau (tejón), y después caimán– no sólo se conformaba con las grandes, también apuntaba a ganar las clásicas y pruebas de un día, y le resultaba: entre 1977 y 1984 obtuvo triunfos en Lieja-Bastón-Lieja, Vuelta a Lombardía, Flecha Valona, París-Roubaix, Amstel Gold Race, Tour de Romandía, además de los títulos del Gran Premio de las Cinco Naciones, en 1977, 78, 79, 82 y 84.
Un palmarés abultado para un corredor que muchas veces demostró que su ansia de gloria no era sinónimo de egoísmo: en muchas ocasiones se mostraba generoso con sus rivales, dejando que estos se llevaran parte de la gloria. Hinault tuvo una carrera llena de éxitos, pero efímera. ¿Por qué? Simplemente porque él así lo quiso. Cuando estaba en el apogeo de su carrera el caimán aseguró que se retiraría a los 32 años, y así lo hizo. En 1986, cuando aún le quedaba mucho por entregar, aunque poco que ganar, Hinault se retiró a lo grande, cumpliendo su palabra. El caimán galo es hoy responsable de la organización del Tour de Francia, la misma carrera que lo hizo entrar al Olimpo del pedal. Y que lo transformó en el último gran campeón del ciclismo francés.
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